El rugido del motor del Mercedes blindado rompió el silencio sepulcral de la madrugada frente a la mansión Moretti. El vehículo se detuvo con una brusquedad que delataba la urgencia de quienes venían dentro. Cuando las puertas se abrieron, la imagen que proyectaron Isabella y Daniel no era la de dos jóvenes regresando de una fiesta de la élite neoyorquina, sino la de dos sobrevivientes emergiendo de las fauces de un infierno de concreto.
Isabella bajó primero. La ropa que le había dejado Daniel