El amanecer del viernes no trajo consigo la promesa de un nuevo comienzo, sino la pesada certeza de un final. El cielo sobre Nueva York estaba encapotado, teñido de un gris plomizo que parecía reflejar el estado de las almas que habitaban la mansión Moretti. Dentro de esos muros de mármol y secretos, el aire era tan denso que cada respiración se sentía como un esfuerzo físico.
Isabella terminó de cerrarse el abrigo negro de cachemira frente al espejo de su habitación. No se reconoció en el refl