El silencio que dejó Sofía Moretti al salir de la oficina de Scott Walton no era un vacío común; era una masa densa, ponzoñosa, que parecía adherirse a las paredes de madera noble y a los cristales blindados que daban a una Nueva York grisácea y hostil. El aroma de su perfume, una mezcla costosa de flores blancas y un matiz metálico que recordaba al acero frío, todavía flotaba en el aire, contaminando el santuario de orden y control del director. Scott permanecía inmóvil tras su escritorio, con