El interior del jet privado era un oasis de calidez y risas, un microcosmos de felicidad suspendido a diez mil metros de altura. Nick mantenía a Isabella rodeada con sus brazos, hundiendo el rostro en su cuello y llenándola de besos pequeños, eléctricos, como si quisiera recuperar cada segundo que la vida les había robado. Ella reía, con esa risa cristalina que solo él lograba despertar, mientras los chicos, sentados en los lujosos sillones de piel de la sala privada, no paraban de lanzar broma