La mañana en la mansión Moretti en Nueva York no trajo consigo la paz del invierno, sino una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Sofía y Giuseppe habían regresado de Italia hacía apenas unos días, y el desayuno se servía en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el tintineo de la plata contra la porcelana.
Sofía, impecable en un conjunto de seda oscuro, deslizaba sus dedos sobre la pantalla de su teléfono móvil. Sus ojos se entrecerraron al ver las últimas publicaciones en las re