El sol de Navidad despertó a Copenhague con una suavidad engañosa. Los rayos de luz, filtrados por la escarcha de los cristales, dibujaban patrones de oro sobre la cama de la suite principal. Nick fue el primero en abrir los ojos, disfrutando del peso del cuerpo de Isabella contra el suyo. No había alarmas, ni informes, ni amenazas inmediatas. Solo paz.
Se levantaron sin prisa y compartieron una ducha larga, donde el agua caliente y el vapor envolvieron sus cuerpos. Entre caricias suaves y beso