El 26 de diciembre despertó con un silencio sepulcral, roto únicamente por el suave crujido de la leña terminando de consumirse en la chimenea de la habitación. Isabella abrió los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que el pecho le pesaba como si cargara bloques de cemento. La charla de la noche anterior, las lágrimas compartidas y la promesa de Nick habían actuado como un bálsamo necesario. Sus heridas no habían desaparecido, pero ya no sangraban con la misma urgencia.
Se quedó