Mientras Nick e Isabella corrían en líneas paralelas hacia destinos separados, Santoro y Vittoria movían los hilos en la sombra, tensando la trampa hasta el límite.
La luz mortecina de una lámpara de escritorio iluminaba el perfil afilado de Santoro, sentado tras un escritorio de acero en un apartamento seguro del bajo Manhattan. El reloj marcaba las 5:45 p. m. El tic tac seco parecía golpear el silencio como un martillo invisible. Frente a él, Vittoria encendía un cigarrillo; la llama de su en