Mientras Nick e Isabella corrían en líneas paralelas hacia destinos separados, Santoro y Vittoria movían los hilos en la sombra, tensando la trampa hasta el límite.
La luz mortecina de una lámpara de escritorio iluminaba el perfil afilado de Santoro, sentado tras un escritorio de acero en un apartamento seguro del bajo Manhattan. El reloj marcaba las 5:45 p. m. El tic tac seco parecía golpear el silencio como un martillo invisible. Frente a él, Vittoria encendía un cigarrillo; la llama de su encendedor dorado se reflejó un instante en sus ojos fríos antes de apagarse, dejando un olor acre a tabaco quemado flotando en el aire.
—Ya los hombres están en el muelle —afirmó Vittoria, exhalando una bocanada de humo que se enroscó lentamente en el ambiente cargado—. Todos reclutados hace un mes. Creen que solo custodiarán un cargamento de repuestos de autos. Ni idea de lo que realmente les espera.
Santoro esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos, un gesto tenso, afilado, cargado de malicia