La noche había caído sobre Nueva York cuando Nick e Isabella regresaron al apartamento despues de su visita a Strauss, cargados con la cálida fatiga de un día perfecto. La ciudad brillaba a sus pies, pero dentro de ese elevado santuario de cristal solo existía el suave zumbido de la calefacción y el eco de sus risas contenidas.
—No quiero que termine —susurró Isabella, dejando caer su abrigo sobre el sofá.
Nick la miró, y en sus ojos azules ya no estaba el agente ni el protector, sino solo el hombre enamorado.
—No termina —respondió, tomando su mano—. Solo cambia de escenario.
Sin prisa, como alargando cada segundo, se dirigieron juntos al baño. Encendió unas velas en lugar de la luz dura, y el vapor del agua caliente pronto llenó el espacio de una neblina íntima. Bajo la lluvia suave, Nick lavó lentamente el cabello de Isabella, sus dedos masajeando su cuello con una presión experta que le hizo suspirar. Ella, a su vez, le enjabonó la espalda, sintiendo bajo sus palmas la geografía f