La mañana amaneció con una luz dorada y perezosa que se colaba por las persianas. Nick se despertó primero, como siempre, pero en lugar de saltar de la cama para revisar sensores o cafeteras, se quedó mirando a Isabella dormida. Su rostro estaba relajado, una mano bajo su mejilla, los labios entreabiertos. La paz que emanaba era un tesoro que él juraba proteger con su vida.
Con movimientos sigilosos, salió de la cama. No había prisas, no había amenazas inminentes, solo el lujo de un día regalado. Después de ducharse, caminó hacia la cocina. Arthur y Carter, al verlo, levantaron las cejas en interrogación.
—Hoy es día de trinchera cerrada —anunció Nick en voz baja, pero con una sonrisa que no era habitual en sus labios a esa hora—. Ustedes tienen permiso de salir. Isa y yo nos quedamos. Solos.
Arthur sonrió, comprendiendo al instante.
—Entendido, niño. Tenemos algunos asuntos que atender en la ciudad de todos modos. Pero asegúrate de que las pantallas estén activas y los sensores calib