El viaje a la universidad fue corto, pero para Nick, cada semáforo en rojo era una eternidad. No por prisa, sino porque cada momento a solas con Isabella en la burbuja del auto se sentía como un tesoro robado al caos que siempre los acechaba. Estacionó cerca de la entrada principal y, antes de que ella pudiera abrir la puerta, él ya estaba allí, ofreciéndole la mano.
—Exagerado —murmuró ella, pero su sonrisa era de puro agradecimiento.
—Siempre —respondió él, sin soltarle la mano mientras caminaban hacia el edificio de ciencias.
Junto a las puertas de vidrio, Daniel los esperaba, dando saltitos para combatir el frío. Al verlos, su rostro se iluminó.
—¡Por fin! ¡Pensé que su alteza real había decidido tomarse el día libre! —bromeó Daniel, abrazando a Isabella con familiaridad—. ¿Cómo les fue en Bora Bora? ¿Playas de ensueño, aguas turquesas y todo eso?
Nick e Isabella intercambiaron una mirada, una sonrisa simultánea y secreta que no pasó desapercibida.
—Eh, ¿qué pasa? —preguntó Daniel