La luz de la habitación era tenue. Isabella parpadeó, la conciencia regresando a través de una niebla de sedación. Primero, el olor a antiséptico. Luego, la sensación de sábanas ásperas. Y finalmente, el peso cálido y familiar de una mano envolviendo la suya.
Volvió la cabeza. Allí estaba Nick, sentado en una silla de plástico junto a la cama, inclinado hacia adelante. No dormía. Sus ojos azules, nublados por el cansancio y algo más profundo, la observaban fijamente, como si hubiera estado contando cada uno de sus latidos.
—Nick… —su voz sonó rasposa, un hilo de sonido.
Él se inclinó aún más, acercándose.
—Estoy aquí, amor. Aquí estoy.
Ella tragó saliva y, entonces, la memoria regresó como una marea fría. El dolor. La mancha roja. El pánico. Su mano libre voló instintivamente hacia su vientre, los dedos temblando sobre la tela de la bata de hospital.
—El bebé… —susurró, y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante, un torrente de miedo reprimido—. Nick, ¿el bebé?
Él apretó su mano c