La luz del amanecer se filtraba suavemente por las persianas del apartamento, pintando franjas doradas sobre las tablas del suelo. Un silencio doméstico, profundo y pacífico, envolvía las habitaciones. En la cama, Nick dormía con un brazo extendido sobre la almohada que Isabella había ocupado hasta hacía poco, sumido en un sueño tan pesado como inusual para él.
En el baño, con la puerta entreabierta para no hacer ruido, Isabella se cepillaba el cabello frente al espejo. Iba vestida con unos jeans holgados, botas bajas y un suéter de cuello alto que disimulaba sutilmente su incipiente curva. Su cartera, con algunos libros y apuntes, ya estaba lista junto a la puerta de la habitación.
En la cocina, un murmullo bajo y el chisporroteo de la sartén eran la única banda sonora. Arthur, con un delantal ridículamente pequeño atado sobre su ropa de calle, vigilaba una bandeja de croissants que doraban en el horno. Carter, junto a la cafetera, observaba el goteo oscuro con la concentración de un