Oficina de Scott Walton – Interpol, Nueva York…
El aire acondicionado zumbaba con una frialdad que iba más allá de lo climático. La oficina de Scott, suspendida en el piso 34 con vistas a un cielo gris plomizo, estaba en silencio. Solo el leve tic-tac de un reloj de pared y el parpadeo casi imperceptible de los monitores en modo espera rompían la quietud.
Scott estaba de pie frente a la ventana panorámica, como últimamente acostumbraba, su espalda rígida, las manos entrelazadas a la espalda. No necesitaba volverse para saber que habían entrado. La energía cambiaba.
Darius, sentado en una silla frente al enorme escritorio de acero y vidrio, hizo un leve gesto con la cabeza cuando la puerta se abrió.
Carter y Arthur entraron. Vestían ropa civil —jeans, chaquetas oscuras, botas—, pero llevaban consigo el peso de semanas de sol y salitre como un aura visible. Caminaron hasta quedar en el centro de la sala, deteniéndose a una distancia precisa: la de subordinados ante un superior, pero sin