El apartamento de Nick olía a mantequilla derretida, canela y algo ligeramente ácido y dulce a la vez. Una mezcla que, para Nick, había pasado a ser el aroma de la felicidad doméstica más improbable del mundo.
Estaba en la cocina, concentrado en una sartén donde unas rebanadas de pan de molde doraban en mantequilla. En un plato aparte, esperaban unas rodajas de plátano maduro. Y en un tazón pequeño, una mezcla de queso crema con un toque de miel y canela.
—¿Segura que esto es lo que querías? —preguntó, sin volverse, con una sonrisa en los labios—. Tostadas francesas de plátano con queso crema dulce a las… —miró el reloj— una de la tarde de un martes.
Desde el sofá, envuelta en un suéter enorme de él, Isabella dejó escapar un suspiro de satisfacción pura.
—Totalmente segura. Es exactamente lo que quería. No me juzgues, Walton. Tú fuiste el que preguntó.
—No juzgo —dijo él, volviendo a sonreír—. Solo confirmo. Porque ayer eran pepinillos en vinagre con helado de vainilla.
—Una fase pasa