El apartamento de Nick olía a mantequilla derretida, canela y algo ligeramente ácido y dulce a la vez. Una mezcla que, para Nick, había pasado a ser el aroma de la felicidad doméstica más improbable del mundo.
Estaba en la cocina, concentrado en una sartén donde unas rebanadas de pan de molde doraban en mantequilla. En un plato aparte, esperaban unas rodajas de plátano maduro. Y en un tazón pequeño, una mezcla de queso crema con un toque de miel y canela.
—¿Segura que esto es lo que querías? —p