El avión tocó la pista del aeropuerto con un chirrido de neumáticos que resonó como un portazo tras de sí. Por la ventanilla, Isabella observó cómo el gris plomizo de la tarde de Nueva York reemplazaba el azul turquesa que aún llevaba grabado en la retina. El contraste fue físico, casi violento: del aire salado y cálido que acariciaba la piel al viento cortante que golpeaba el fuselaje; del silencio roto solo por el mar al estruendo constante de una ciudad que nunca dormía.
Dentro de la cabina,