El sol nació lento sobre el océano, como si también él supiera que aquellos días no debían gastarse deprisa. Como si el océano hubiera decidido bajar la voz para no interrumpir lo que estaba a punto de ocurrir. El cielo era un lienzo limpio, sin urgencias.
El tiempo, ese animal feroz, parecía haberse sentado a descansar bajo una palmera.
La luz se filtró entre las cortinas blancas, tibia, dorada, viva.
Isabella despertó antes que Nick. No por las náuseas ni por el cansancio, sino por una emoción nueva, delicada y vibrante, que no sabía todavía cómo nombrar sin que le temblara el pecho. Estaba parada frente al espejo; apoyó una mano sobre su vientre casi plano y cerró los ojos. Allí. Allí estaba todo.
Nick despertó poco después, se levantó camino hacia ella y se quedó allí, observándola sin tocarla, como si temiera romper algo sagrado. Cuando ella abrió los ojos, él sonrió con esa sonrisa que no necesitaba palabras.
—Buenos días… —murmuró ella.
Nick la rodeó con sus brazos desde atrás