La luz del amanecer en Bora Bora tenía una cualidad diferente a la de Nueva York. No se abría paso entre rascacielos, sino que se derramaba, dorada y líquida, sobre la cúpula del cielo y el espejo de la laguna. En la villa, el silencio de la mañana solo era roto por el graznido de las gaviotas tahitianas.
En la mesa del desayuno, instalada en la arena misma bajo una palapa de hojas de palma, Charly servía café con la precisión de un barista, lanzando miradas furtivas a Alessandra, quien hojeaba