La luz del amanecer en Bora Bora tenía una cualidad diferente a la de Nueva York. No se abría paso entre rascacielos, sino que se derramaba, dorada y líquida, sobre la cúpula del cielo y el espejo de la laguna. En la villa, el silencio de la mañana solo era roto por el graznido de las gaviotas tahitianas.
En la mesa del desayuno, instalada en la arena misma bajo una palapa de hojas de palma, Charly servía café con la precisión de un barista, lanzando miradas furtivas a Alessandra, quien hojeaba una guía de peces tropicales con fingida concentración. Desde la noche del torneo de póker, donde él le había cedido la victoria con un caballeroso y algo borracho “reclamo de rendición”, el aire entre ellos vibraba con una electricidad casi adolescente y dulce.
Al otro lado, Nick observaba a Isabella con una atención que había trascendido lo protector para volverse casi clínico. Ella empujaba su papaya con el tenedor, concentrándose en no respirar demasiado profundo para evitar el olor, todaví