La puerta había cerrado tras Nick, pero el eco de sus palabras, afiladas como cristales rotos, seguía rebotando en la sala de conferencias. El aire olía a café frío y a traición institucional.
Scott no se movió de la silla donde se había desplomado. Miraba sus propias manos, aquellas que habían firmado la orden que, efectivamente, desterraba a su hijo. Darius observaba desde la cabecera de la mesa, su rostro una máscara de contención profesional que apenas velaba su descontento.
—No podía dejar que lo arrestaran —murmuró Scott, más para sí mismo que para los demás—. Esto era lo único… la única jugada que lo mantenía fuera de una celda.
—Lo sabe —dijo Carter, rompiendo el silencio. Estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados—. Pero no le importa. Para él, esto no es protección. Es abandono. Y en parte tiene razón.
Arthur asintió lentamente, jugando con un encendedor sobre la mesa.
—Nos dio órdenes de protegerlo, jefe. Pero ¿cómo se supone que hagamos eso si él ya no confí