La puerta había cerrado tras Nick, pero el eco de sus palabras, afiladas como cristales rotos, seguía rebotando en la sala de conferencias. El aire olía a café frío y a traición institucional.
Scott no se movió de la silla donde se había desplomado. Miraba sus propias manos, aquellas que habían firmado la orden que, efectivamente, desterraba a su hijo. Darius observaba desde la cabecera de la mesa, su rostro una máscara de contención profesional que apenas velaba su descontento.
—No podía dejar