El auto blindado avanzaba por las calles de New York, pero Nick no podía ir a la mansión Moretti. No con eso que llevaba dentro, con la necesidad urgente de entender hasta dónde habían llegado las cosas.
—Llévame a mi departamento —pidió, su voz áspera.
Giuseppe, en el asiento delantero, giró la cabeza.
—Es mejor que vengas a la casa. Tendrás atención y seguridad.
—Necesito espacio. Y mis cosas —insistió Nick, evitando la mirada del hombre que aún creía que era solo un estudiante universitario,