El auto blindado avanzaba por las calles de New York, pero Nick no podía ir a la mansión Moretti. No con eso que llevaba dentro, con la necesidad urgente de entender hasta dónde habían llegado las cosas.
—Llévame a mi departamento —pidió, su voz áspera.
Giuseppe, en el asiento delantero, giró la cabeza.
—Es mejor que vengas a la casa. Tendrás atención y seguridad.
—Necesito espacio. Y mis cosas —insistió Nick, evitando la mirada del hombre que aún creía que era solo un estudiante universitario, no el agente que se infiltró para destruirlo.
Isabella, sentada a su lado, apretó su mano. Ella sí lo sabía. Sabía toda la verdad y había elegido amarlo de todas formas.
—Papá, déjalo. Lo llevaré yo. Después de lo del hospital, necesita sentirse en su propio territorio.
Giuseppe los observó por un momento, sus ojos de halcón escudriñando la fatiga en el rostro de Nick y la determinación en el de su hija. Finalmente, asintió.
—De acuerdo. Pero no se queden solos mucho tiempo. El avión a Bora Bor