El trayecto desde la pista de aterrizaje principal de Bora Bora hasta la villa fue, en sí mismo, una declaración de que habían entrado en otra dimensión. Después del viaje en auto a la zona de hidroaviones, fueron llevados sobre la laguna, revelando desde el aire la postal perfecta que Nick solo había visto en archivos de operaciones o en pantallas de sueños ajenos: el intenso azul turquesa del agua, el collar de motus (islotes) con playas de arena blanca y, en el centro, la imponente silueta verde del Monte Otemanu, el corazón volcánico de la isla.
La villa privada, ubicada en uno de los motus más exclusivos, superó toda expectativa. No era un hotel, sino un conjunto de bungalows sobre el agua conectados por pasarelas de madera que serpenteaban sobre la laguna. Cada bungalow tenía una terraza privada con escalera directa al agua cristalina, donde peces tropicales nadaban como si fueran mascotas.
—Mi padre lo compró hace años, bajo un nombre que no se podía rastrear —le explicó Isabel