Aelin no miró a ninguno. Tomó su vaso de agua, bebió, dejó la mitad exacta, y al volver a sentarse observó, por primera vez, el reflejo débil de una solapa en la cuarta fila. Un hombre, traje oscuro, sin distintivo. No miraba el set. Miraba solo el monitor que le mostraba a ella.
Adrien, pensó. O su ojo. Daba igual.
Cuando volvieron al aire, el conductor cerró con una frase neutra sobre “puentes de diálogo” y “compromisos con la verdad”. Nadie oyó. Lo único que oyó la ciudad fue la calma impl