La ciudad amaneció con un aire extraño. Se respiraba expectación, como si algo estuviera a punto de suceder. Los periódicos aún hablaban del misterioso asesinato del sicario —atribuido al “Ángel de la Muerte”—, pero Aelin ya no pensaba en la noche. Ahora le tocaba actuar bajo el sol.
En su penthouse, estaba de pie frente a la mesa de cristal, observando tres cajas metálicas cerradas. Dentro reposaban años de archivos: contratos falsificados, registros bancarios, donaciones inventadas, empresa