La ciudad parpadeaba a lo lejos como un enjambre de luciérnagas nerviosas. Desde el ventanal del piso cuarenta, el mundo parecía pequeño; Isabella siempre había amado esa sensación de mirar a todos por encima del hombro. Aquella noche, sin embargo, la altura no le daba poder. La elevaba al centro de una tormenta.
Dejó el bolso sobre la consola, se descalzó y caminó hacia la cocina. La pantalla del refrigerador mostraba la hora a trazos azules. Sirvió agua. La casa estaba extrañamente silencios