La ciudad ya no respiraba paz. Las avenidas estaban cubiertas de titulares que hablaban del colapso de Leonard Elizalde, de sus arranques de furia, de sus contradicciones en público. Las empresas que antes lo respaldaban comenzaban a apartarse con cautela, temiendo hundirse con él.
En una lujosa suite de hotel, Leonard se miraba al espejo con los ojos inyectados de sangre. Apenas había dormido; su respiración era entrecortada.
—Ella… no puede ser. Ella estaba acabada —murmuraba, golpeando