El reloj marcaba las cinco de la madrugada y Leonard no había pegado los ojos. Caminaba de un lado a otro en su despacho, descalzo, con el cabello revuelto y la camisa empapada en sudor. Las persianas estaban cerradas, las lámparas apenas daban luz, y aún así él sentía que miles de ojos lo observaban desde la oscuridad.
—No estás aquí… no puedes estar aquí —murmuraba, acariciando la culata de la pistola que no soltaba ni un segundo.
La voz de Aelin se coló en su oído como un susurro helado: