Mansión de Elizalde.
El amanecer entraba tímidamente por los ventanales, pero Leonard no se levantó de la cama. Su traje del día anterior aún estaba sobre el respaldo de una silla, arrugado, y el cuarto apestaba a whisky derramado y ceniceros rebosantes.
Los ojos inyectados en sangre se clavaban en el techo mientras sus labios se movían apenas:
—Ella… siempre estuvo aquí. Siempre estuvo cerca…
Se giró bruscamente, convencido de que Aelin se hallaba junto a él. La imaginó en un vestido blan