La mañana del viaje amaneció clara, con un cielo que parecía prometer calma. Sin embargo, en el interior de Aelin había una mezcla de ansiedad y determinación que no podía ocultar. Desde la noche anterior había dejado lista una pequeña maleta, con lo necesario: ropa sencilla, algunos documentos, y el relicario que ahora no se separaba de ella.
Darian la observaba mientras terminaba de cerrar la maleta.
—¿Lista? —preguntó con voz grave, aunque en su mirada se reflejaba un brillo de orgullo.