El amanecer se filtraba con suavidad por las cortinas. Un rayo de luz atravesó el borde del colchón y se posó sobre el rostro de Miranda, obligándola a abrir lentamente los ojos. Por un instante no supo dónde estaba. El techo blanco, el olor tenue de lavanda, la textura de las sábanas… todo le resultaba conocido y, sin embargo, había algo distinto en el aire.
Giró apenas la cabeza. En la penumbra de la habitación, una silueta estaba sentada en el sofá, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia