El amanecer llegaba con un resplandor suave sobre el pequeño pueblo costero. Desde la ventana de su casa, Miranda observaba cómo la niebla se disipaba lentamente sobre los tejados, dejando ver el mar en calma. Había aprendido a amar ese silencio, a respirar sin miedo. Cada día era un paso más lejos de su pasado, y aunque su cuerpo ya empezaba a recuperarse, su alma seguía intentando sanar heridas más profundas.
Encendió la cafetera, dejando que el aroma llenara el aire. Aquella rutina sencilla