El amanecer filtraba una luz pálida entre las cortinas del pequeño apartamento. Miranda se incorporó lentamente, aún con la sensación de que su cuerpo y su mente no terminaban de acostumbrarse a la quietud. Llevaba días viviendo allí, compartiendo espacio con Laura, su vieja amiga de la universidad. Ella la había recibido sin hacer preguntas, con esa complicidad silenciosa que solo se conserva cuando la amistad ha sobrevivido a los años y a los secretos.
El teléfono vibró sobre la mesa. Era el