La mañana llegó con un aire pesado, como si el silencio de la mansión se hubiera convertido en un enemigo más. Miranda apenas había dormido. Se levantó temprano, caminando descalza por el taller, intentando distraerse con pinceles y lienzos, pero nada lograba silenciar el eco de las palabras de Adrián la noche anterior.
El timbre del teléfono la hizo sobresaltarse. Miró la pantalla: Javier Ortega. Contestó con el pulso acelerado.
—Licenciado… —susurró, cerrando la puerta del taller con llave.
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