Mundo ficciónIniciar sesiónAxel se detuvo a dos metros. Sus ojos dorados recorrieron a Arianne con la frialdad de un tasador evaluando una joya antigua. No había alivio, solo cálculo.
—¿Quién te crees que eres, imbécil? —escupió Ezequiel, dando un paso al frente. Su rostro era una máscara de rabia—. Este territorio y esta mujer me pertenecen. Mis hombres te despedazarán.
Axel ni siquiera parpadeó. Su mirada seguía fija en Arianne. En el pecho de ella, la esperanza volvió a arder como un ácido. ¿Vino por mí? ¿La Diosa le devolvió el alma?
—La unión es inválida porque se basa en un cadáver —respondió Axel. Su voz era un trueno seco—. No he venido por sentimentalismos. He venido por la verdad que me pediste encontrar antes de que mi corazón dejara de latir.
Arianne sintió un escalofrío. La última noche antes de la guerra, ella le había suplicado que investigara la masacre de sus padres biológicos, los Alfas de la Estirpe de Plata.
—El Consejo fue engañado por un parásito —continuó Axel, señalando a Ezequiel—. Tus padres no murieron en una emboscada azarosa. Murieron porque se negaron a entregarle las minas de cristal a la familia de Ezequiel.
—¡Mientes! —rugió Ezequiel, pero su palidez lo delataba.
—La firma de energía en tu daga coincide con las heridas de muerte del padre de Arianne —sentenció Axel—. Fingiste ser el compañero perfecto para usurpar el trono que no pudiste heredar.
—¡Tú... mataste a mis padres! —el grito de Arianne fue un susurro cargado de puro odio.
—¡Cállate! —Ezequiel se vio acorralado. La máscara de "caballero" se rompió, revelando al monstruo—. ¡Si no puedo tener el trono por la ley, lo tendré por la sangre!
En un movimiento vil, Ezequiel lanzó una daga rúnica hacia Diveana, la tía de Arianne. El arma se hundió en su pecho antes de que alguien pudiera gritar.
—¡TÍA! —Arianne corrió hacia ella, pero el caos estalló. Alaric, su tío, intentó atacar, solo para ser atravesado por la espalda por un traidor.
En segundos, el vestido blanco de Arianne se tiñó con la sangre de su única familia. Antes de que pudiera reaccionar, una mano de hierro la rodeó por el cuello. Ezequiel la arrastró hacia atrás, pegando una cuchilla envenenada a su garganta.
—¡Atrás! —gritó Ezequiel a Axel—. ¡Si das un paso más, le corto el cuello!
Cualquier hombre que amara a Arianne habría suplicado. Pero Axel permaneció inmóvil. Su rostro era una máscara de piedra.
—Tu amenaza es ineficiente —dijo Axel con una indiferencia que heló la sangre de Arianne—. No siento nada por ella. Pero su supervivencia es una prioridad táctica.
Arianne sintió el filo cortar su piel. Una gota de sangre se deslizó por su cuello, manchando el encaje de su vestido. En ese instante, los ojos de Axel se contrajeron. Una vibración oscura emanó de él. No era amor, era un instinto de propiedad ancestral que la muerte no había podido borrar.
En un parpadeo, Axel fue una sombra.
Interceptó el brazo de Ezequiel con su propio hombro, dejando que la daga rúnica se hundiera en su carne para liberar a Arianne. Con un golpe brutal de su mano acorazada, envió a Ezequiel volando por los aires, destrozando una mesa ceremonial.
Ezequiel, viendo que el Consejo se volvía en su contra, lanzó una bomba de humo rúnico y huyó al bosque como la rata que era.
Arianne cayó de rodillas, viendo la herida negra en el hombro de Axel.
—¡Axel, estás herido! —intentó tocarlo, con el corazón en la garganta.
Él la apartó con una brusquedad hiriente. Miró la sangre negra que brotaba de su brazo sin inmutarse.
—El daño es superficial —dijo, mirándola finalmente a los ojos—. Levántate, Arianne. El traidor regresará. Te vienes conmigo.
—¿Qué? —balbuceó ella, entre el dolor de sus tíos muertos y la confusión.
—Eres la última de la Estirpe de Plata —sentenció él, su voz vibrando con una urgencia oscura—. Y según la profecía del otro lado, eres la única que puede mantenerme vivo.
El mundo de Arianne giró. La traición, la muerte y ahora... ser una medicina para el hombre que la despreciaba. Sus fuerzas fallaron y la oscuridad la reclamó antes de tocar el suelo.







