El jet privado despegó de Atenas con un movimiento suave, casi imperceptible.
El interior era amplio, elegante, diseñado más como una oficina que como un medio de transporte. Una mesa de trabajo ocupaba el centro, rodeada de asientos de cuero, pantallas discretas y luz tenue.
Xander no perdió tiempo.
Apenas alcanzaron altura de crucero, abrió su portátil, desplegó algunos documentos y se sumergió en el trabajo como si el resto del mundo no existiera.
Elena, sentada frente a él, lo observaba