Alexander lo miró sorprendido. Seguramente el viejo había querido salvar su alma haciendo algo justo en la vida, pensó.
—No me interesa, cual sea su última voluntad lo hare impugnar, ese dinero era de los Christodoulou, de mi madre.
—¿Ni siquiera dejarás que te lea el testamento? —preguntó Yannis
—Para ser sincero, mi mente me dice “lárgate de aquí”, pero también hay una parte de mí que, por puro morbo, quiere saber su contenido.
—¿Dónde está la viuda? —preguntó Alexander.
—Debe estar por lleg