capitulo 3

Elena observaba a Leonidas, intentaba comprenderlo pero era imposible; se encontraban desayunando en la terraza.

— Complaceme, háblame de tu familia, de tu madre y tu hermano.

—Lidya no es mi madre. Cuando conoció a mi padre y se casó, él adopto a Nikos.

—Ellos no volverán a molestarte ni volverás a saber nada de ellos. Tú cumple tus votos matrimoniales. No voy a golpearte ni abusar de ti; no es por eso que estás aquí —comentó Leonidas.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó ella.

—Porque necesito una esposa —dijo él—. Este es nuestro trato: yo obtengo lo que necesito y, a cambio, tú tienes todo lo que tiene que tener mi esposa . Lo único que tienes que hacer es cumplir tus votos matrimoniales hasta que la muerte nos separe. Puedes hacer lo que quieras: ir de compras, hacer beneficencia, estudiar, lo que desees… mientras estés cuando yo te necesite.

Dos días después, Xander observaba las fotos de su padre con su flamante esposa. Se sintió asqueado con solo ver la imagen. Por ese tipo de mujeres su padre había dejado a su madre; los odiaba profundamente. Elena Mavrogenis pagaría algún día por sus pecados, al igual que su padre.

Cada día se dedicaba a trabajar arduas horas para vencerlo en los negocios. Haría temblar a Leonidas Mavrogenis, aplastaría todo a su paso y, cuando terminara, ni siquiera su adorada esposa se quedaría con él.

Mientras tanto, en su oficina, Georgios tomaba nuevas medidas, para comenzar un nuevo negocio, Leonidas había pagado lo acordado por el matrimonio de Elena.

Durante meses, Elena compartió el lecho matrimonial con Leonidas, pero él se mantuvo fiel a su promesa y nunca la tocó. Solían asistir a reuniones sociales con frecuencia y siempre eran fotografiados. La diferencia de edad era un tema recurrente en la prensa y entre quienes los rodeaban.

Cada evento marcó un antes y un después en Elena. Su ropa y joyas no hacían más que resaltar su juventud.

Con el paso de los meses, la salud de Leonidas comenzó a deteriorarse, lo que provocó rumores.

Elena sonrió al cruzar las puertas de la casa de Atenas; adoraba ese lugar. Con motivo de su primer aniversario, Leonidas había decidido pasar allí una semana.

Elena había comenzado a notar los cambios físicos de su esposo: lo veía cansado, más delgado.

Una tarde, mientras estaban sentados en la terraza, ella lo miró.

—Deberías ver a un médico —dijo preocupada.

Su relación con Leonidas era complicada. Él era su carcelero y esa hermosa casa, su prisión. No era un hombre cariñoso ni compartían intimidad, pero al menos con él, Elena sabía a qué atenerse. Él la protegía. Si algo le pasaba, se quedaría sola.

—No lo haré. No tengo interés alguno en eso —respondió él.

—Te pediré una cita. Te ves cansado y eso no me gusta.

—No lo haré. Las órdenes aquí las doy yo —dijo él.

Ella lo miró y, al hacerlo, lo vio claramente.

—¿Tú ya sabes lo que tienes? —preguntó preocupada.

—Sí. No hay nada que hacer —respondió con amargura.

—Entonces buscaremos otra opinión, tal vez en otro país. Tú tienes los medios para hacerlo.

—No lo haré. Aceptaré mi destino. No entiendo cuál es tu problema con eso. Serás libre y tendrás mucho dinero —dijo con sarcasmo.

—No quiero dinero. No quiero quedarme sola —exclamó ella, horrorizada.

—La soledad no es mala. Antes de casarme contigo estuve viviendo solo, y aquí me ves.

—Ahí tienes el resultado. No quiero estar sola y terminar así —dijo ella con tanta elocuencia que despertó la curiosidad de Leonidas.

—¿Qué tengo de malo? —preguntó él.

—¿Lo dices en serio? Eres un cinico y nunca sonríes. Siempre estás serio y solo trabajas.

Leonidas comenzó a reír. Ella se acercó a él.

—¡No quiero estar sola! —exclamó.

—¿Qué haré contigo, niña? Está bien, tú ganas. Eso sí, ni una palabra a nadie.

Ella se acercó a Leonidas, lo besó en la mejilla y luego lo abrazó.

—Nos están fotografiando desde enfrente —murmuró en su oído—. Será mejor que entremos a la casa.

Leonidas se puso de pie y caminó junto a su esposa.

Dos días después, Leonidas leía en una de las revistas una nota sobre él y su esposa, donde pudo ver las fotografías que les habían tomado…

Tal como habían acordado, Leonidas viajó a Londres para complacer a Elena y buscar una segunda opinión médica.

—¿Tienes un castillo? —preguntó ella, sorprendida.

—Tenemos un castillo. No olvides que eres mi esposa —respondió él, observando su expresión mientras miraba por la ventanilla del auto.

Los rumores sobre un posible problema de salud de Leonidas no tardaron en llegar a oídos de Xander.

Lo único que realmente le preocupaba era que, de ser cierto, su padre muriera antes de que él pudiera aplastarlo económicamente y recuperar lo que era de su familia.

Mientras Leonidas descansaba, y por expresa orden suya, Elena salió de compras.

Recorrió las boutiques más exclusivas y, como era de esperarse, fue fotografiada.

Al día siguiente lo acompañó al médico.

Para ella fue un golpe devastador escuchar que no había nada que hacer. Solo tratarían los síntomas para que él sobrellevara del mejor modo posible el tiempo que le quedaba. Con el paso de las semanas, Leonidas comenzó a delegar cada vez más responsabilidades.

Regresaron a la isla.

Elena se ocupaba personalmente de cuidarlo, de que tomara sus medicamentos. Meses después, su estado empeoró: necesitaba oxígeno en algunas ocasiones y la asistencia constante de una enfermera.

—Pídele a Aida que te prepare una habitación. Decórala a tu gusto. Ya no es necesario que compartas la mía —dijo Leonidas.

—Quiero quedarme aquí y cuidarte. Si te molesto, dormiré en un catre, en un rincón.

—No es necesario. Hay empleados para eso.

—Soy tu esposa y no puedes echarme.

Leonidas la miró con cansancio.

—Eres demasiado buena con este viejo egoísta que te compró para presumirte como un adorno. Un hombre que no quería morir solo.

—Tal vez —respondió ella con suavidad—, pero tú me cuidaste. Nunca me dijiste por qué me elegiste… ¿por qué a mí?

—Porque me recordaste a alguien que quise mucho. Tienes el mismo color de ojos, el mismo cabello… físicamente son muy parecidas, aunque no podrían ser más diferentes. Lo importante es que tú eres buena, leal. Tenías más motivos que nadie para fallarme.

Un golpe en la puerta interrumpió la conversación.

—Señor Mavrogenis, su abogado está aquí.

—Hazlo pasar. Y trae café, Aida.

Elena, déjame a solas con él.

Leonidas recibió a Yannis, su abogado, quien debía redactar un nuevo testamento.

—Insisto: deberías intentar hablar con tu hijo —comentó Yannis.

—No. ¿Qué sabes de la familia de mi esposa?

—Nada bueno. Georgios es un inútil, y su hijastro igual. ¿Piensas heredarle a Elena?

—Por supuesto. Es mi esposa. Pero me preocupa que esos buitres vengan por ella cuando yo no esté. Durante estos años los mantuve a raya, pero sé que intentarán aprovecharse.

—Y no solo ellos —añadió Yannis —. Sin ofender, se nota que ella no tiene malicia alguna. Es como una niña. Será presa fácil.

—Lo sé. Por eso tomé una decisión...

Vestido con un impecable traje negro, camisa blanca y corbata con hilos plateados, Xander Christodoulou, como se hacía llamar, ingresó a la mansión de su amigo.

Guapo, alto, de hombros anchos y cabello oscuro, no pasaba desapercibido.

Recorrió el salón con la mirada. No vio al anfitrión, así que tomó una copa y se dirigió al único lugar donde sabía que lo encontraría.

Acheron era bajo, rubio, todo lo contrario a él. Habían sido amigos desde el colegio. Ambos provenían de familias ricas, privilegiadas y profundamente disfuncionales. Los habían enviado a un exclusivo internado en Atenas.

—No eres un anfitrión muy activo —comentó Xander desde la puerta.

Acheron cerró su portátil.

—¿Esperabas otra cosa?

—Incluso viniendo de ti, eso suena arrogante.

—Sabes bien que, aunque diera una fiesta sin alcohol en una cueva, estaría llena de gente —respondió con sequedad.

—No sabía que celebrabas tu ruptura.

—No lo estoy celebrando. Sería de mal gusto.

—No me engañas —advirtió Xander.

—Mi separación fue… civilizado.

—Y ahora vuelves al mercado, rodeado de pirañas.

—Jamás volveré a casarme —aseguró Acheron.

—Nunca digas nunca.

—El matrimonio es…

—Una condena perpetua y un desperdicio de activos —completó Xander

Acheron sonrió apenas.

—El mercado está inquieto. ¿Has oído los rumores?

Xander bebió un sorbo.

—Sí. Y su esposa no parece muy preocupada.

—La vi en una galería de arte la semana pasada. Las fotos no le hacen justicia.

Xander recordó el rostro de Elena, pero no dijo nada.

—Será mejor que vayamos con los invitados —dijo Acheron —. Vi una de tus rubias favoritas.

—Creo que esta vez probaré algo distinto. Una castaña

—Entonces me sacrificaré con su amiga rubia —respondió Acheron.

Finalmente, Elena y Leonidas cumplieron tres años de casados.

Dos semanas después de su aniversario, Leonidas Mavrogenis falleció en la tranquilidad de su Isla, acompañado por su esposa.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP