Elena estaba sentada en la cocina, con las manos rodeando una taza de té que ya se había enfriado.
—Señora, ¿está segura de que no quiere que le sirva en otro sector? —preguntó Aida con respeto.
—Estoy a gusto aquí —respondió Elena —. Aida tú trabajaste muchos años Leonidas … ¿conociste a su hijo?
La mujer asintió con suavidad.
—Sí, señora. Era un niño muy dulce, alegre.
Elena frunció levemente el ceño.
—¿Por qué nunca se hablaba de él? No hay fotografías, ni un solo objeto en esta casa que ind