Muy temprano, Ingrid Muñoz salió de casa y saludó a su nuevo vecino, que regaba el pasto. Ya no estaba desempleada, así que no había tenido mucho tiempo para conocerlos. Era una pareja joven, sin hijos, como la anterior. Esperaba que no acabaran como la anterior. Al menos ya no tenía que recoger las hojas del árbol moribundo. La primavera había llegado y se había llenado de brotes. A tiempo había vendido Sara su casa y el resto de las plantas ya tenía quién las cuidara.
La frescura de la estac