Los ojos de Sara se abrieron a la claridad de la mañana y lo primero que vio fue a Misael, acostado a su lado, piel con piel.
—¿Estamos en tu cama o en la mía? —preguntó ella.
—En la mía.
—Entonces tal vez sí estaba un poco ebria. No recuerdo haber venido.
—Llegaste de madrugada y prácticamente me violaste. Ni siquiera te importó cuánto me resistiera.
Sara sonrió.
—Quiero que algo quede claro, Misael. No necesito tu permiso para salir a beber con mis compañeros si se me da la gana, ya no eres