El ulular de la sirena de la ambulancia se fue silenciando mientras descendía por las lomas. Algunos de sus habitantes se asomaron a los jardines para ver qué ocurría, otros enviaron a sus empleados a averiguar.
Afuera de la casa de Marcos Arias había un gran contingente policíaco. Y la infaltable prensa también había llegado. Como pirañas buscaban conseguir una exclusiva: el verdadero rostro del monstruo que había mantenido en vilo a la ciudad durante semanas, el estado de su última víctima,