La búsqueda de la obra "Fractura" se convirtió en la única prioridad de Valentina. Bajo la vigilancia constante del rastreador militar ruso, su vida se había encogido hasta convertirse en un juego de ajedrez entre Gabriel y su familia.
Esa tarde, Gabriel llevó a Valentina a una subasta privada en un palacio histórico. En el catálogo, Gabriel se detuvo en una pintura del siglo XVII que representaba una escena mitológica.
—Un hombre nunca debe olvidar sus deudas, Signorina Vieri —dijo Gabriel, su voz resonando en el silencio del pasillo de terciopelo—. Esta pintura, por ejemplo, representa el pago de una antigua deuda de sangre. Un juramento entre familias que salió mal.
El comentario era demasiado específico. Valentina recordó las vagas referencias de su madre, Valeria, sobre un "favor" o "compromiso" con la Bratva italiana.
—¿Sabe algo sobre la deuda de mi padre? —preguntó Valentina, sintiendo una punzada de ansiedad.
—Solo sé que las deudas no se pagan con dinero, sino con sacrificio