El viaje hacia Milán, el Nido de la Dinastía Vieri, fue una carrera frenética contra el tiempo y la distancia. Dimitri y Valentina cambiaron de vehículos constantemente, utilizando la red de contactos marginales para evitar tanto a las fuerzas de seguridad italianas como a los sicarios restantes de Nikolai.
El estrés y la prisa cobraron un precio severo. Valentina luchaba por ocultar sus síntomas. En un breve descanso en un viejo motel, el mareo la obligó a apoyarse en la pared.
—Tengo que ir sola a partir de aquí. Si nos interceptan, puedo decir que fui obligada. Tú eres el Pakhan —dijo Valentina, su determinación luchando contra la debilidad.
—Ni hablar. No te atrevas a sugerir eso de nuevo —gruñó Dimitri, su mano agarrando la de ella con fuerza posesiva—. Si morimos, morimos juntos. Y si nacemos, nacemos juntos. No me dejarás fuera de esta.
La urgencia del secreto les daba una fuerza extraña: una necesidad absoluta de sobrevivir, no solo por la venganza, sino por el futuro.
En la M