Valentina era ahora una fugitiva, su rostro conocido por las redes de inteligencia de la Costa Norte y las facciones de la Bratva. Permanecer en el motel era imposible; Nikolai no tardaría en rastrearla. Su única opción era contactar a alguien que operara fuera de la lógica y la seguridad estructurada de la Mansión.
Recordó el rostro de Eva y Zoe, sus primas. Las gemelas, reinas del caos social y la distracción mediática, eran expertas en desaparecer a la vista del público. Ellas no preguntarían por la moralidad de su situación, solo por la eficiencia de su huida.
Valentina se aventuró a una vieja cabina telefónica en un pueblo pequeño de la Toscana. Marcó un número desechable que solo las primas Vieri conocían.
—Eva, soy yo. Necesito que me escuches sin preguntar nada. Estoy sola, tengo información que puede destruir la Dinastía, y Dimitri está en manos de Nikolai.
La respuesta de Eva fue, predeciblemente, caótica y directa.
—¡Valentina! ¡Sabía que estabas teniendo más diversión