El código que Valentina le había entregado a Dimitri era la primera fisura en la armadura de la Costa Norte. Era una frecuencia de radio antigua, utilizada por Demian Vieri para las comunicaciones de emergencia con el Capo de Roma—un canal tan obsoleto que Matteo no habría soñado con revisarlo.
Dimitri se encerró en el baño blindado del ático, su única concesión a la privacidad, para confirmar la autenticidad del código. Cuando regresó, sus ojos, normalmente fríos como el hielo, llevaban una chispa de respeto, un respeto que se sentía más peligroso que su desprecio.
—El código es genuino. El canal existe. Encontré tráfico cifrado en el viejo dial —informó Dimitri, su voz baja y uniforme. No había agradecimiento, solo la confirmación de su nueva dependencia de ella.
Valentina, recostada en el sofá, vestida con seda negra que Dimitri había escogido, sintió el peso de su victoria. No había cedido por amor, sino por la verdad y por el instinto de supervivencia.
—Te dije que los Vieri recu