Llevaba toda el día con mal presentimiento.
Isabella había dicho que le dolía el estómago y que no quería tener clases. No insistí. Pensé que necesitaba un respiro, un día sin profesores ni entrenamientos, un descanso. Después del atentado había estado tensa. Pero algo en sus ojos me inquietó. Tenía una mirada rara. Como si estuviera escondiendo algo.
El día se me había hecho eterno. Isabella no había bajado a almorzar. Cuando pregunté, una empleada me dijo que había subido a llevarle comida pe