Fue increíble, terriblemente apasionado, completamente desastroso. Estaba desnuda en sus brazos, pero no me sentía expuesta, ni insegura, me sentía hermosa.
Lo tenía abrazado de la espalda, mientras él me besaba el hombro. Mientras nos calmábamos. Su barba me hizo cosquillas y empecé a reírme. Una de esas risas que nacen de la locura misma, de la satisfacción, de la felicidad.
—¿Qué pasa? —me preguntó.
—Nada —y seguí riendo.
Me miró y sonrió. La primera sonrisa que me regalaba. Tuve el impulso