Paulina
El sol entraba a través del ventanal, tiñendo de dorado los bordes del vestido que colgaba en el maniquí frente a mí.
Las últimas puntadas parecían resistirse, como si supieran lo difícil que era para mí aceptar que ese momento había llegado.
La aguja bailaba entre mis dedos con la misma destreza de siempre, aunque los años ya comenzaban a pasar factura en mi espalda.
Respiré hondo.
Veinte años.
Veinte años desde que todo cambió. Desde que enterramos el pasado con las manos manchadas