Max
Apenas cerré la puerta de la oficina, sentí el peso de su mirada todavía sobre mí.
El sabor amargo de la pastilla no había llegado a tocar mi lengua del todo. La escondí debajo de la lengua, simulé que la tragaba, pero la escupiría después.
Me metí en el baño del pasillo, abrí la canilla, y la tiré sin dudarlo.
Vi cómo el agua se la llevaba.
Lucile no podía saberlo.
Si volvían las jaquecas, que así fuera. Me las merecía. Por haberle fallado. Por haber traicionado a mi esposa.
"¿A quién tra