Paulina
Los observé dormir, uno a cada lado de la cama, con sus respiraciones suaves y sus rostros en paz.
Por un instante, la habitación se sintió como un mundo aparte. Uno que no merecía sacudirse con el caos de afuera.
Me acerqué a cada uno y los besé con suavidad. Iris murmuró algo entre sueños. Max, incluso dormido, frunció el ceño al sentir que tocaba su mano. Le acaricié el cabello.
—Los amo —susurré en voz bajita.
Salí de la habitación con el corazón apretado. En la planta baja, Rupert