Max
Magda se removía bajo las sábanas, con su muñeca abrazada al pecho y los ojos húmedos.
No dejaba de mirar hacia la puerta y hacía mí, como si tuviera miedo a que me fuera.
—Papi… —susurró—. ¿Te puedes quedar un ratito?
Asentí sin decir una palabra.
Apagué la luz del techo, dejando encendida solo la lámpara de noche. Me senté a su lado y la arropé con cuidado, acomodando la manta hasta que le cubriera los hombros.
—¿Así está bien?
Ella asintió, pero un sollozo se le escapó por la nariz. Me